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Seminario ABV “Inclusión Financiera y Desarrollo Social. Nuevos caminos para poner los servicios bancarios al alcance de todos”

Palabras de apertura a cargo del Presidente de la Asociación Bancaria de Venezuela, Juan Carlos Escotet
Jueves 28 de octubre de 2010.

 

Ante cada uno de nosotros, ahora mismo, se levanta una responsabilidad, una luz cada vez más intensa que reclama nuestra atención. Se trata de la consecuencia, diré que inevitable, de mirar e intercambiar con el mundo que nos rodea: el sistema financiero mundial tiene, en la ruta de su sostenibilidad, nada menos que la tarea de incorporar a enormes contingentes de personas que en todo el planeta todavía permanecen fuera del ámbito de lo bancario.

La sola afirmación que acabo de hacer podría ser motivo de un necesario debate. Tan legítima es la posición que sostiene que la política de incluir en el sistema financiero es estrictamente una opción, como la que sostiene que es algo más: la condición sine qua non para que la banca alcance una inserción más profunda y extendida en la sociedad.

De una banca que actuaba en segmentos parciales del conjunto social, estamos en el camino a una banca que abre sus puertas, se levanta de sus escritorios y se quita la corbata, para ir a la búsqueda de personas, familias y comunidades que continúan, ya en pleno transcurrir del siglo XXI, sin tener siquiera una cuenta registrada en un banco.

Para llegar a este momento, que creo privilegiado por su relevancia histórica, las instituciones financieras, los planificadores de la economía, los gobiernos de muchos países, y los hombres y mujeres de la banca, han avanzado un trecho muy importante, que ha significado nada menos que dar inicio a un doble proceso, tanto de cambio en nuestra mentalidad como de cambio en los paradigmas que han dominado esta actividad a lo largo de las décadas.

A ese cambio de las mentalidades y de las condiciones legales en muchos lugares del mundo, ha venido a sumarse ahora una comprensión fundamental, que modifica de forma sustancial el marco de esta discusión: ya se ha comprobado que ni los riesgos son los que se habían estimado durante mucho tiempo y, por lo tanto, en el terreno mismo de la realidad, ya son muchas las organizaciones que han comprobado que la acción en los sectores fuera del ámbito de la banca puede ser rentable y productiva en muchos aspectos.

Estas que he mencionado continúan siendo variables de mucho peso, pero sin lugar a dudas, hay una consideración de mayor relevancia, de indiscutible proyección histórica y cultural, que es la pregunta esencial sobre la relación entre actividad bancaria y desarrollo de la sociedad, es decir, la pregunta sobre la posibilidad de que la banca continúe y vaya todavía más lejos, apertrechada en una renovada convicción y una nueva voluntad, en pos del objetivo de convertirse en un agente del desarrollo todavía más activo y determinante.

Si la ampliación de los mercados supone, en efecto, la reducción de los costos operativos; si la adaptación de las nuevas tecnologías nos permitirán alcanzar de modo rápido y eficiente a la población que está fuera de las redes bancarias; si es posible que la creciente penetración de internet y la posibilidad de usar los canales electrónicos nos facilitarán alcanzar a más y más gente; si la banca electrónica puede ser el medio que concrete las políticas sociales de los gobiernos, de modo de llevar en el menor tiempo posible los beneficios a las comunidades; todos estos son, en primer lugar, las buenas razones por las que nos encontramos hoy aquí, y en segundo lugar, los temas sobre los que queremos aprender, preguntar y debatir con los expertos.

Inclusión financiera y desarrollo social, nuevos caminos para poner los servicios bancarios al alcance de todos, que es el nombre con que hemos bautizado este seminario, cuenta con un grupo privilegiado de invitados.

Juan Buchenau, del Banco Mundial; Brian Richardson, de Wizzit Bank, Sudáfrica; Arturo Johnson Pastor, del Banco de Crédito de Perú; Gerson Gomes Da Costa, de Bradesco, Brasil; Roberto Barros Barreto, de Caixa, Brasil; y Carlos Humanes, de americaeconomia.com, constituyen el grupo de invitados expertos del seminario. A cada uno de ellos debemos expresar aquí nuestra gratitud por haber recibido nuestra invitación con generosa apertura, haber viajado hasta nuestra tierra, y haber expresado en distintos momentos la mejor disposición de compartir con nosotros mucho de lo que saben sobre temas que hoy por hoy son de nuestro más alto interés.
Una mínima y rápida revisión al objetivo que está planteado en Venezuela en la actualidad, el de una banca que pueda crecer hacia un mercado más amplio, y que sea capaz de desarrollar productos que sean atractivos para sus potenciales integrantes, es decir, una banca con una mentalidad puesta en políticas, proyectos y prácticas de inclusión, no estará sola en lo sucesivo, ni dentro ni fuera de Venezuela.

Además del imprescindible acompañamiento de los gobiernos, que ya es una realidad en muchos países, incluyendo a Venezuela, tendrá la perspectiva, las experiencias y los modelos de actuación de muchas otras empresas, como las de productos de consumo masivo, que también están, en este histórico momento, dedicadas a pensar en el extraordinario potencial que existe en aquellos sectores de la sociedad que están en proceso de ser incluidos.

Y este es un punto que merece el mejor y más firme de los énfasis: los esfuerzos a favor de una banca inclusiva deben ser conjuntos de la banca y de las instituciones del sector privado. Experiencias de mucha relevancia, exitosas en lo cualitativo y en lo cuantitativo que han tenido lugar en otros países, muestran que la figura de los corresponsales no bancarios, redes de pequeños negocios y comerciantes que están presentes en cualquier punto de la geografía, a quienes podría entrenarse para la prestación de una serie de servicios financieros básicos, son el factor clave de una operación que haría posible, en el caso de Venezuela, incorporar a varias millones de personas, en muy corto tiempo.

En Colombia, si se me permite el ejemplo de un país tan próximo, esos corresponsales bancarios hicieron posible que cuatro millones de adultos colombianos accedieran a los servicios financieros en menos de 3 años y durante el mismo período se otorgaran más de 5 millones de microcréditos a esas personas.

Los efectos de la figura de los corresponsales bancarios son múltiples, y generan beneficios que van mucho más allá de los temas que nos conciernen.

Si me corresponde señalar alguna de esas bondades, comenzaré por mencionar la sustitución del cheque y del dinero efectivo por la gestión de transferir recursos a través de vías electrónicas, que pueden ejecutarse con gran agilidad, eficiencia y seguridad. Como todos aquí sabemos, y a ello está dirigido el auge de los sistemas de lucha contra la legitimación de capitales, los mayores usuarios de dinero en efectivo son justamente los mayores trasgresores de la ley. Quienes lavan dinero y lo falsifican; quienes trafican con drogas y armas; quienes se conforman en bandas de distinto tipo con la finalidad de delinquir; estos son justamente los más interesados en mantener un establecimiento de intercambios económicos que tenga como base el uso de dinero en efectivo.

A esta consideración anterior tendríamos que sumar también el impacto que podría generar el desarrollo de la banca móvil, que permite hacer transferencias y ejecutar servicios en tiempo real, sin que la distancia o la baja accesibilidad al lugar donde se encuentre el cliente se erijan como una dificultad para alcanzar incluso a las poblaciones más remotas. La banca móvil contribuye a resolver no sólo aspectos operativos, como lo costoso y riesgoso que puede ser el transporte de efectivo en un país caracterizado por las grandes distancias, sino que haría posible que todos los actores del sistema, banca gubernamental, banca privada y organismos supervisores, logren grandes avances, a costos razonables, en tiempos que son inmediatos si se les compara con el que exigirían los procesos de incorporar personas a la banca, a través de los mecanismos convencionales.

Pero es obvio que estos recursos, a mano para quienes se propongan producir resultados en plazos cortos y medianos, incorporan problemas y complejidades a las que debe responderse con ingenio y voluntad de las partes involucradas. El elevado costo que tienen los sistemas de pago eficientes; el riesgo real de que la acción de los delincuentes resulte en fraudes que afecten a las instituciones y a los usuarios del sistema; el que el carácter que tiene una banca móvil no logre crear la confianza necesaria entre determinados públicos; todos estos son problemas a resolver, a los que es posible enfrentar con campañas de divulgación y políticas coherentes.

La semana pasada apenas, se difundió el más reciente estudio de Nielsen que presenta algunos datos sobre el uso de las nuevas tecnologías en Estados Unidos y América Latina. ¿Qué reveló ese estudio? Que los latinoamericanos tenemos una facultad enorme de adaptación a las nuevas tecnologías y que, hoy por hoy, somos líderes en el planeta en el uso de recursos de la telefonía móvil, como envío y recepción de mensajes de texto, mensajes de voz e imágenes.

Esto nos indica que existe una disposición cultural a usar el pequeño aparato, cada vez menos como un teléfono y cada vez más como una herramienta de intercambio con el mundo, con las instituciones y, por supuesto, con otras personas.

A ese proceso se corresponde la naturalidad con que las personas aceptan la existencia y conveniencia del dinero plástico, y usan tarjetas para pagar en comercios o para hacer operaciones en cajeros electrónicos. Por delante de nuestras consideraciones, una vez más, marchan las personas con su apertura al cambio tecnológico, al uso pertinente de las ventajas que les dan las nuevas tecnologías.

La creación de un régimen, de una normativa dirigida a este tipo de transacciones, que impulse de forma definitiva la masificación de los servicios financieros, debe tener fundamento en un criterio primordial, y es que ella debería responder a las necesidades reales de la actividad comercial y mercantil, a los intercambios que ocurren entre los distintos actores económicos, todos los días, en cualquier región del país. Pero no sólo eso: también debe comprender que el desarrollo de estos sistemas implica inversiones, y que su mantenimiento en el largo plazo tiene unos costos, que deben ser financiados para que los mismos sean sostenibles en el tiempo.

Un seminario como el que hoy nos reúne, está inscrito en una transformación de carácter mundial, que es el paso de las instituciones tradicionales de la sociedad, a instituciones que, además de cumplir con sus programas, pautas y obligaciones de siempre, avanzan hacia una visión de sí mismas que las convierte en agentes del desarrollo social, en factores contribuyentes de la inclusión, en elementos que abonan a una sociedad más abierta, más justa y más inclusiva.

Si las universidades, los centros de investigación, los diseñadores de políticas públicas, las empresas a través de sus programas de responsabilidad social empresarial, las organizaciones religiosas, los gremios empresariales, y tantas y tantas otras organizaciones del tercer sector, comparten que la convivencia en el mundo de hoy y del futuro sólo es posible a partir de vastos programas de inclusión, entonces a la banca se le plantea también la exigencia de actuar en el mismo sentido. A favor de ese modelo estamos aquí congregados.

Conseguir que más y más personas ingresen a un sistema que ofrezca servicios financieros y bancarios modernos; luchar contra la informalidad; forjar ciudadanía mediante la bancarización; brindar acceso a tecnologías que mejoren la calidad de vida de todos los usuarios del sistema por igual y, a partir de la suma de todas estas cosas, ayudar a construir una sociedad en la que todos tengan iguales oportunidades para el crecimiento y la prosperidad personal, familiar y social, esos son los resultados que muchos esperamos.

En Venezuela hay experiencias que nos indican que la incorporación al sistema bancario es el mecanismo más rápido para lograr el pasaje de las prácticas económicas informales, a una actividad económica que también genere dividendos al Estado, a través del pago de impuestos. Estudios nos indican que 2 de cada 3 ciudadanos que reciben un microcrédito logran aumentar sus ventas y sus ganancias; que entre 50 a 95% incorporan prácticas contables y gerenciales a sus negocios; que más de 50% se inicia en la voluntad del ahorro personal y familiar; que la mitad, aproximadamente, crea empleos, inicia planes para tener vivienda propia y adquiere un seguro que le permita responder a las necesidades de salud.

Podría estar mucho tiempo más aquí, delante de cada uno de ustedes, insistiendo en estos asuntos de los que estoy plenamente convencido: la masificación de los servicios bancarios es el mejor camino conocido hasta ahora para incorporar más y más personas al terreno de la economía productiva. Eso, por fortuna, es un claro pensamiento en el alto gobierno venezolano que compartimos claramente. Lo otro, es nuestra convicción de que ese desarrollo debería hacerse bajo los criterios de una banca móvil, lo que facilitaría y aceleraría todo el proceso: ojalá que las autoridades de nuestro sector nos escuchen también en esta materia.

Y es en función de estos objetivos asociados a una banca cada día más inclusiva, que les damos la bienvenida a cada uno de ustedes a este seminario; es por lo mucho que podemos aprender el día de hoy, que deseo expresar mi pública gratitud a José Del Grasso Vecchio, a Laury Cracco y a Telmo Almada, ejecutivos de la Asociación Bancaria de Venezuela, por sus desvelos en la organización de este encuentro; y es por la disposición a compartir experiencias y conocimientos, que deseo repetir nuestra palabra agradecida a los invitados que nos acompañan.

Señores y señoras, mi deseo es que la jornada de hoy resulte fructífera y de múltiples aprendizajes para cada uno de nosotros. Una vez más les reitero nuestra palabra de bienvenida.

Muchas gracias.
 

 

29/10/2010